Esto hoy va de amor, ¡qué le vamos a hacer ! 🙂 

He pensado compartir por aquí un breve cuento muy bonito, la historia de un corazón habitado.

Casi todos los cuentos hablan de amor, de “vivieron felices y comieron perdices”, en donde el amor es el objetivo o el premio de una vida entera. La historia que te voy a contar, sin embargo, es distinta, habla del amor en el idioma de los sueños, porque como un sueño este sentimiento es impalpable.

Se titula La chica en el corazón de un chico y es uno de los cuentos que aparecen en el homónimo libro escrito por Pierre Hornain e ilustrado por Florence Faval. Publicado por la maravillosa Editions du Dromadaire, una editorial que crea de forma artesanal todos sus libros, pequeñas obras de arte, y que se localiza en una pequeño atelier en el corazón de Venecia. Por lo que siento decir que el libro solo está en italiano, pero como los cuentos son breves que esto no sea un límite para disfrutar de él (incluso puede ser divertido descifrar un libro en otro idioma). A todo coleccionista y apasionado de autoediciones, libros artesanales y literatura infantil, recomiendo echar un ojo a su tienda online.

 

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Y aquí está mi regalo de hoy para todos los enamorados – de la vida eh, ¡qué eso es lo importante!- mi  traducción libre de este precioso cuento:

 

 La chica en el corazón de un chico 

Michelina ha entrado en el corazón de un chico, un chico como muchos más: ni más alto ni más elegante de la media, ni más hábil que un gato o torpe que una tortuga. Uno entre muchos.

¿Pero cómo se entra en el corazón de un chico? Pues muy simple, ¡tarareando una canción!

Así una tarde, Michelina se puso a canturrear un estribillo. Se asomó al balcón y su mirada se perdió entre el algodón de las bellas nubes. Sus labios se entreabrieron dejando escapar una canción. Una melodía de nada, una cancioncita que había oído el verano precedente y que volvió casualmente a la punta de su lengua.

Pero fue así que ella entró en el corazón de un chico. Un chico que iba caminando por la acera, con el corazón vacío y la cabeza baja. Un chico de espesa melena pelirroja,  ojos verdes demasiado grandes y tristes para que las chicas lo notasen. Un chico que Michelina probablemente nunca hubiese considerado, pero cantó, y su voz se hizo hueco entre los muchos viandantes para llegar a susurrar a esos oídos. Y la canción como una pequeña llave abrió el corazón del chico. Entonces Michelina se insinúa dentro y observa todo divertida “no es tan grande el corazón de un chico, no se puede correr de aquí para allá, ni saltar de una alfombra a la otra. No se puede hacer un gran banquete con príncipes y princesas, ni bajar escaleras de caracol. ¡No de verdad!”

 

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¿Y entonces qué?

 Entonces uno se queda ahí como en una pequeña habitación. Hay una cama con sábanas blancas sobre las que tumbarse en diagonal, hay una claraboya por donde filtra la dulce luz de los ojos y encima de la almohada hay un espejo sobre el que nadie ha dejado la neblina de un suspiro. El colchón es un poco duro, las sábanas demasiado almidonadas quizás, pero la cama ¡está tan bien hecha!

¿Y qué ha hecho Michielina en este corazón tan pequeño? Sentada en la cama se ha comido las mandarinas que ha encontrado debajo de los cojines dejados allí para los huéspedes. Ha contado las lágrimas retenidas demasiado tiempo tras la claraboya. Se ha mirado en el pequeño espejo que reflejaba arcoíris sobre su frente, su nariz y su boca, y ha depositado en él un suspiro …. y era bonito, el tiempo pasaba con dulzura.

Las mandarinas tenían un buen perfume sobre los dedos de Michelina, tan bueno que el chico de la acera cerró los ojos para saborear su aroma…y una sonrisa iluminó su cara. No sabía por qué pero improvisamente tenía muchas ganas de correr por el jardín y jugar con su sombra bajo los últimos rayos del sol invernal. No sabía bien por qué, pero ahora estaba deseando que fuera Navidad ya, que la escarcha de las ventanas dibujase mariposas de luz, que los faroles de las fiestas brillasen toda la noche, que el helado de vainilla se sirviese con galletas de chocolate, y deseaba esto y aquello, o esa otra cosa.

 Su corazón latía  tan fuerte que Michelina se sacudía de una parte a otra. Tan entusiasmado por todas estas cosas bonitas, el chico no se dio cuenta de que había una chica en su corazón. Se había llenado tanto la cabeza de sueños extraños que se olvidó de canciones y mandarinas.

Entonces Michelina salió de ese corazón realmente demasiado agitado.

 

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 El chico distraído siguió su camino, pero su cara ya no estaba triste: había una nueva luz en sus grandes ojos verdes, un sabor de mandarina le picaba la lengua y su pelo despeinado le daba ese aire que tanto le gusta a las chicas.

 Ya no era un chico como muchos: en su corazón había una pequeña habitación perfumada y un espejo que ahora recordaba una mirada. También había unos cuantos centímetros cuadrados para hacer caber una vida entera y sus dientes cándidos, con una bonita sonrisa, indicaban la vía.  Michielina desde la ventana de su habitación, con un suspiro, lo observó otra vez caminar y trotar entre los viandantes.

“Adiós mi chico guapo” murmuró.

 

¿Qué te ha parecido como historia romántica? El amor no es solo un beso entre príncipe y princesa, es también ese deseo de correr por el jardín, de comer helado de vainilla con galletas de chocolate y esperar con impaciencia la Navidad. Es poesía, como nos demuestra este libro tan pequeño pero en primer lugar es amor hacia nosotros mismos.

Una historia tan bonita para contar el amor a los niños que es de inspiración para todos, y las mandarinas para mí ya tienen otro perfume 😉

 

 

 

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