El 16 de noviembre se celebra el Día de las librerías, esos lugares en los que, según el pensador americano Henry Ward Beecher, “como ningún otro vuelven la naturaleza humana débil”.

Una fiesta dedicada en particular modo a los libreros, héroes de los tiempos modernos, porque una librería es un ecosistema muy frágil, aunque tenaz. Casi diría que con el tiempo una buena librería evoluciona como si fuese un organismo viviente, un poco como lo que se dice de los perros, que acaban pareciéndose a su dueño, las librerías son así, al final se parecen a la persona que cuida de ellas (¿o lo que ocurre es lo contrario?).

La verdad es que muchos hemos soñado con abrir una librería alguna vez, pero ¿cuántos lo han hecho? Es algo difícil, imposible negarlo: el mercado no perdona, hay que adaptarse sin venderse demasiado y conseguir conservar esa personalidad que hace de cada librería un refugio único en el que perderse. En el que siempre entras buscando algo en particular, sabiendo que probablemente saldrás con la respuesta a otra pregunta entre las manos. Me encanta la idea de que haya librerías para todos los gustos, y cuando un paladar fino encuentra su favorita, habrá encontrado también un excelente remedio para los días grises. Como decía Cicerón:

con una biblioteca y un jardín, ya se tiene todo

Pues aprovecho de esta especial ocasión para contarte de aquella vez que descubrí un pueblo entero dedicado a la literatura: Urueña.   Lo de las villas del libro, o book towns, es un proyecto internacional, con el objetivo de premiar esos centros urbanos que promueven la literatura a través de festivales, eventos y la recuperación de espacios públicos como lugares de compraventa de libros.

 

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Así que hay muchas más villas del libro esparcidas por el mundo, ya puedes coger lápiz y mapa, y buscar meta para tus próximas vacaciones 😉 .

Urueña es un pueblo medieval en el que sin duda hay más libros que personas, perdida en la meseta castellana a una hora escasa de Valladolid. 

 

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foto aérea de Urueña (fuente)

 

Protegida por una gruesa muralla, la aldea parece casi un espejismo del desierto para viajeros despistados, un cofre polvoriento en el medio de la llanura desolada en “una tierra con más cielo que tierra” (cit. de Antonio Colinas, que preside el hall del Centro e-LEA Miguel Delibes)

 

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La aldea es pequeñita, pero se trasforma en laberinto cuando con mapa a la mano cruzamos el portal de la muralla y nos perdemos entre sus callejuelas, buscando las librerías indicadas. Una caza al tesoro en la que cada objetivo es un mundo: así está la librería  Alcuino, especializada en caligrafía, que también imparte cursos; la Grifilm, dedicada al cine; la Enoteca, que del vino hace virtud intelectual; la Boutique del cuento dedicada al libro infantil, a los desplegables y a los pop-ups; la Páramo en la que me perdí una tarde entera. Y muchas más (aquí la lista).

 

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foto de la librería Páramo

 

También hay todo un museo dedicado al cuento, pero que desafortunadamente estaba cerrado cuando yo pasé, y un centro de investigación y exposiciones muy interesante, el centro e-LEA Miguel Delibes.

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¿Se puede hacer del libro y de los sectores en él implicados una manera de vivir? Es lo que he estado reflexionando en estos días, al acercarse la jornada de las librerías. Yo estoy convencida de que sí, nos los demuestran los miles de libreros que, si bien con mucho sacrificio, hacen su oficio con pasión. Y también nos lo enseña la mencionada Urueña, ejemplo claramente utópico y con límites de replicación, pero de todas formas un muy buen ejemplo. Yo creo que al fin y al cabo siempre se trata de saber utilizar imaginación y creatividad, dos ingredientes esenciales para cualquier suceso.

Bueno, hemos pensado en los libreros, en las librerías…pero ¡no nos olvidemos de los lectores! Porque tengo buenas noticias para todos los que padecen de libritis compulsivitis ( 😆 ). Cada buen lector sabe que tarde o temprano desarrollará una cierta compulsividad hacia los libros, no hay prevención que valga. Quien padece de esta enfermedad crónica puede pasar horas maravillosas dentro de su librería favorita y al rato sentir terror y agobio pensando en todos los libros que aún le faltan por leer.

Pues hace poco he caído en la opinión de un famoso pensador y estatista libanés, Nassim Nicholas Taleb, que me ha aliviado bastante en este sentido: la biblioteca de nuestras lecturas incompletas es útil para cultivar lo que se llama “virtud de humildad intelectual”. En síntesis, significa que los libros que nos miran desde las estanterías y que nunca hemos tenido el tiempo de abrir, acrecen nuestra curiosidad y se transforman en estímulo perenne para nuestra imaginación. El escritor Umberto Eco decía que le molestaban mucho aquellos que, entrando en su casa y admirando su biblioteca de 30.000 volúmenes, le preguntaban si los había leído todos. Obviamente no.

Siempre Taleb dice que es una proporción matemática: aumentando los libros leídos, se multiplica por dos la lista de lecturas por hacer.  Porque cuanto más sabemos, más queremos saber y más reconocemos los que nos falta por aprender.

Así que no hay excusas, disfruta del Día de las librerías pasándolo en esa especial que te gusta tanto, o descubriendo una que aún no has tenido la oportunidad de visitar. A los que te pregunten si no te basta con todos los libros almacenados en casa, ¡ya sabes qué responder!

 

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una pared del Centro e-LEA Miguel Delibes

 

 

 

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