Yo creo que la diferencia es siempre enriquecedora. Por esta razón me apasiona conocer culturas diferentes e investigar entre distintas formas de expresión artística.  Entre estas, he descubierto el Kintsugi, una antigua técnica japonesa que consiste en reparar y devolver a la vida cerámicas rotas y dañadas, juntando los trozos con  resinas mezcladas con oro o plata.

 

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En un interesante artículo sobre el Kintsugi , leí esta cita del poeta persa Rumi (siglo XIII)

la herida es el lugar por donde entra la luz

aunque Rumi tiene poco que ver con la cultura japonesa, me parece que esta frase encierra el sentido más profundo del Kintsugi, que es pura inspiración.

Esta forma artesanal de trabajar la cerámica tiene orígen a finales del siglo XV, cuando el shōgun Ashikaga Yoshimasa ordenó reparar dos de sus tazones de té favoritos,  así nació una nueva forma de restaurar que hoy se ha convertido en verdadero arte. Tanto que algunas piezas antiguas, reparadas mediante este método, son más valoradas que las piezas que nunca se rompieron.

 

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No se si el arte puede darnos las soluciones, pero sí puede hacernos ver con más claridad las cosas, y este el caso del Kintsugi, que es una hermosa metáfora de cómo enfrentarnos a nuestras heridas. Sí la vida nos llena de fisuras y de grietas, podemos considerar a estas como espacios en blanco, en los que plantar la semilla para generar algo nuevo y más potente.

En el Kintsugi las rupturas quedan manifiestas, porque ocultarlas no tiene sentido, su formación es la expresión de un cambio, de un proceso, en el que todos los elementos han vuelto a su armonía original.

Las cicatrices embellecen el objeto así como a nosotros nos hacen más fuertes y sabios. El defecto o el error es lo que hace la diferencia, lo que crea la unicidad de la pieza.

 

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En la mentalidad occidental cuando algo se rompe solemos tirarlo, pensamos que ya no nos sirve, y a lo mejor es cierto, tampoco creo que sea sano guardar siempre todo, y cuando algo tiene que ir a la basura pues ahí hay que llevarlo 🙂 . Pero no puedo no admirar  esta forma de arte japonesa, que, con su fascinante poética, guarda en sí un mensaje lleno de esperanza y optimismo. Que nos invita a considerar las fracturas de forma propositiva, porque en ellas se puede ver también un comienzo. En un video sobre el Kintsugi un joven artesano explicaba que la belleza del objeto no està en el objeto en sí, sino en la mirada de quien lo observa y de quien sea capaz de valorar su historia.

La ruptura no tiene por qué ser un fin, es simplemente una trasformación, un cambio de estado, que nos obliga también a utilizar nuevos puntos de vista.

 

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